Escenas de lectura: una colección I.

En su libro Confesiones, San Agustín escribe un hermoso relato refiriéndose a San Ambrosio.

Cuando leía sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era costumbre avisarle la llegada de los visitantes. Yo permanecía largo rato sentado y en silencio: pues, ¿quién se atrevería a interrumpir la lectura de un hombre tan ocupado para echarle encima un peso más? Y después me retiraba, pensando que para él era precioso ese tiempo dedicado al cultivo de su espíritu lejos del barullo de los negocios ajenos y que no le gustaría ser distraído de su lectura a otras cosas. Y acaso también para evitar el apuro de tener que explicar a algún oyente atento y suspenso, si leía en alta voz, algún punto especialmente oscuro, teniendo así que discutir sobre cuestiones difíciles; con eso restaría tiempo al examen de las cuestiones que quería estudiar. Otra razón tenía además para leer en silencio: que fácilmente se le apagaba la voz. Mas cualquiera que haya sido su razón para leer en silencio, buena tenía que ser en un hombre como él.

Al leer este pasaje es posible asistir a una revelación: hasta entonces la lectura se hacía siempre en voz alta y sólo extrañas razones podían llevar a alguien a pensar el texto prescindiendo de su tacto sonoro. No será hasta bien entrado el siglo X que la lectura silenciosa se generalice en occidente. San Agustín  observa al santo con la pasión de un entomólogo desmenuzando cada nuevo movimiento del ser que tanto ansía conocer; sabe que lee, pero sus labios permanecen sellados. Su sorpresa, su descubrimiento, forma parte de la antología de momentos que por no poder ser repetidos —pues su propia iluminación apaga la posibilidad de reencontrarlos— quedan para siempre en la memoria.

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